Wednesday, December 2, 2009

Me acuerdo de la primera vez que probé una galleta de arroz. Tenía cuatro o cinco años y había ido a la casa de un compañero del jardín con una amiga. A mi amiga la pasaron a buscar antes porque se había puesto a llorar después de que el chico le salpicó un poco de agua en la cara. Yo me quedé y, a la hora de la merienda, la madre nos dio galletas de arroz. Recuerdo que estábamos en la cocina. La madre estaba al lado de la hornalla, hirviendo el agua para el té y me dio de probar esa galleta enorme y horrible. Me acuerdo de que sentí la obligación de terminarla y hacer como que me gustaba, aunque fuera incomible. Recuerdo precisamente esa sensación de deber hacer algo, de no poder dejar la galleta por la mitad.